Todos la anhelamos, la buscamos, la
soñamos y la nombramos a cada rato, pero realmente nos tomamos en serio la
tarea de construirla…? ¿Qué hacemos para sembrarla en nuestras acciones
cotidianas? ¿Qué decimos para decretarla y proyectarla desde nuestra forma de
hablar y dirigirnos a otros? ¿Realmente entiendo lo que significa tener paz en
mi vida y ser instrumento de paz para otros?
Estas interrogantes son la clave para
guiar nuestro diálogo interior, pues justo allí (en nuestro interior) es dónde
nace la tan buscada paz. Pasamos mucho tiempo apuntando el dedo acusador hacia
el exterior (la familia, los amigos, el trabajo, los gobernantes, las
religiones, la política, y otros que extienden la lista), culpando a otros de
nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de nuestra ira, y lo cierto es, que
nadie más puede asumir lo que te corresponde trabajar a ti para equilibrar tus
conflictos, para poner en orden la turbulencia interior.
Una vez aprendida esa lección, empezamos a
vernos y a tratarnos diferente, con mayor respeto y cuidado por lo que
sentimos, con mayor asertividad respecto a lo que hacemos. Y empieza de esta
manera a tejerse una cadena de proyección social, lo que hago para mí y desde
mi territorio interior es lo que daré y haré para y por otros, sólo así podemos
construir una consciencia colectiva y una sincera cultura de paz.
Como la mayoría de las lecciones
importantes, construir Paz, se aprende desde el ejemplo, es por ello, que como
docentes, como padres, como líderes, tenemos la responsabilidad de filtrar y
decantar todas aquéllas acciones, conductas, diálogos que me impiden ser un
instrumento de paz (en mi hogar, en mi iglesia, en mi escuela, en mi comunidad,
en mi país) y nutrir las relaciones que establezco (primero conmigo mismo) con
otros.
Nuestra sociedad es el reflejo de lo
que somos individualmente, y si no me ocupo de ejercitar el perdón, la
tolerancia, el respeto, el silencio, la capacidad de análisis, la ética en mi
praxis diaria, cómo pretendo exigirlo en escalas mayores. Los cambios
significativos, las transformaciones trascendentales, tienen una característica
especial y al alcance de todos: la constancia. Dar pasos pequeños, desde mi
metro cuadrado, todos los días, moviliza la energía del cambio y nos hace
crecer y evolucionar como sociedad.
Serenar el corazón y permitirle
quietud al espíritu es una tarea de práctica constante y un ejercicio que nos
libera de emociones tóxicas. Asumir la responsabilidad de lo que decimos y cómo
lo decimos, de lo que hacemos y cómo lo hacemos, es el primer eslabón de la
cadena para ser proyectores e instrumentos efectivos y afectivos de Paz.

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