Hoy he querido escribirle al miedo. Sí, ése que nos paraliza, nos hunde o nos victimiza cuando no lo sabemos manejar.El miedo se enraiza en nuestras movidas y decisiones, va
cubriendo capa por capa todo lo que toca: la relación conmigo mismo, los emprendimientos, los sueños y hasta las formas en cómo permitimos que nos traten. Al final terminamos siendo títeres de esta emoción que alimentamos de forma incorrecta.
Este sentimiento es instintivo, se manifiesta como una alarma cuando hay amenazas cerca. Pero cuando racionalizamos desde nuestro centro de operaciones qué lo produce entonces podemos usarlo para apalancarnos e impedir que invada nuestros espacios.
Entonces como escribí al principio y respetando mi intención primaria, aquí va mi descarga:
No te tengo miedo, miedo. No me apabullas. Enciendes mi sistema de alarma para advertirme el peligro pero no te permito un paso más dentro de mi vida.
No te tengo miedo, miedo. No me controlas. Y aún en la situación más vulnerable priva mi fé y mi fuerza interior que se proyecta sobre cada movimiento que doy.
No te tengo miedo, miedo. No me diriges. Soy yo quien decide hacia donde apuntar la brújula bajo la bendición de Dios.
No te tengo miedo, miedo. Asi que camino segura y creo en mis habilidades para crear mis realidades.
No te tengo miedo, miedo y aprendo todos los días nuevas lecciones porque me atrevo a descubrir, explorar y reinventarme saliendo de mi zona de confort.
No te tengo miedo, miedo y gracias porque he decidido que en lugar de paralizarme me impulses a conseguir lo que me propongo, a distancia de las convenciones y bien apegada a mis convicciones.
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